
Nunca me voy a olvidar de la primera vez que vi Amadeus de Milos Forman (volví a verla después, un par de veces más, en video y en cable). Tenía 12 años y sólo había oído hablar de Mozart, así como de Bach, de Beethoven o de Vivaldi. Incluso es bastante probable que mis viejos ya me hubieran hecho escuchar algo del músico vienés pero, de ser así, nunca lo tuve en cuenta hasta el día de la película.
Ese día, aprendí que Mozart se llamaba Wolfgang Amadeus, que fue un genio precoz y prolífico, que empezó a componer a los cuatro años y que, ya de grande, acostumbraba a hacerlo mientras jugaba sobre su mesa de billar (así nomás, como si no costara ningún esfuerzo). Aprendí que su talento opacó inmediatamente a sus colegas contemporáneos, como el envidioso Salieri, y provocó el enojo de los mediocres “maestros” que no podían entenderlo (lo acusaban de usar demasiadas notas). Aprendí que tuvo un padre tirano, que su matrimonio no fue muy feliz y que, muy a mi pesar, murió joven, en condiciones miserables.
Pero, sobre todo, ese día conocí su música, o al menos una parte. Recuerdo el impacto que me causó la banda de sonido mientras miraba la película. Cuando el volumen aumentaba, me costaba concentrarme en el parlamento de los actores. No podía dejar de escuchar, de descubrir cada instrumento, cada voz.
Hay una escena en que, lleno de envidia y admiración, el viejo Salieri explica la manera en que Mozart lleva una melodía (de oboe, creo) hasta el punto exacto de expresividad, emoción y genialidad. Dan ganas de tomar clases con el antipático compositor italiano para aprender a valorar mejor cada porción de esas partituras.
Después de ver el film de Forman, me juré no menospreciar a la música clásica, por más que no la escuchara seguido, por más que no la entendiera demasiado, por más que mis ídolos del momento fueran Phil Collins, Genesis, Sting, Queen, Madonna y Charly García. Por supuesto, también me convertí en fan absoluta de don Wolfgang y, a mi colección de cassettes, le sumé el de la banda de sonido de la película.
Todavía hoy lo conservo y, de tanto en tanto, lo pongo. Es una digna manera de recordar aquel célebre día cuando, por fin, conocí al genial, inigualable y muy querible Amadeus.