Mujeres de la noche

País: Japón
Año: 1948
Título internacional: Yoru no onnatachi, Women of the night
Guión: Yoshikata Yoda
Director: Kenji Mizoguchi
Actores: Kinuyo Tanaka, Sanae Takasugi, Tomie Tsunoda, Hiroshi Aoyama, Fusako Maki, Mitsuo Nagata, Kikue Môri.
Filmada en 1948 por Kenji Mizoguchi, Mujeres de la noche quebró la barrera del tiempo para convertirse en una obra clásica. Efectivamente, más de medio siglo después de su estreno, esta película sigue impactando por su referencia a una problemática social específica (la condición de la mujer en Japón durante la última posguerra), así como por su simplicidad formal (basada en el uso de planos-secuencia y de movimientos de cámara fluidos, con pocos recursos de montaje).

En un Japón devastado por la Segunda Guerra Mundial, la crisis económica y moral parece exacerbar lo peor de una sociedad tradicionalmente machista, acostumbrada a someter y a explotar a las mujeres. Acorraladas por el hambre, la miseria y la soledad, muchas de ellas deben prostituirse. Justamente, éste es el caso de las tres protagonistas del film -Fusako (interpretada por Kinuyo Tanaka), Natsuko (Sanae Takasuji) y Kumiho (Tomie Tsunoda)- cuyos destinos, por tratarse de dos hermanas y una vecina, se entrecruzan.
Como en otras películas de Mizoguchi -La dama de Musashino o La vida de Oharu, mujer moderna-, el hecho de que los personajes femeninos se prostituyan no implica ningún juicio de valor por parte del director. Al contrario, las protagonistas son retratadas como heroínas poseedoras de un encanto personal y de una fuerte sensualidad. El sentimiento de empatía hacia ellas es casi inevitable, y lo más llamativo de este fenómeno es que Mizoguchi logra provocarlo sin necesidad de recurrir a primeros planos.
Aunque se circunscribe a una realidad típicamente japonesa, Mujeres de la noche presenta elementos propios de la cultura occidental. De hecho, el film se inicia y termina con la Séptima Sinfonía de Ludwig Van Beethoven y el Ave María de Franz Schubert respectivamente, además de incluir en la última escena un plano detalle de un vitral de la virgen con el niño Jesús. Tal vez, la elección de dicha figura busque representar el sufrimiento, sacrificio y valentía de esas mujeres prostituidas (ellas, como la madre de Cristo, también deben hacerle frente a una realidad que se les impone, que las daña, las martiriza y las condena).

Mujeres de la noche también se caracteriza por una forma de filmar llana, directa, sin rodeos estilísticos. Se trata de una apuesta a la fluidez argumentativa antes que a los artilugios de montaje. Desde este punto de vista, nada más elocuente que la escena de pelea entre prostitutas y la de la razia policial. En ambo casos, el excelente trabajo actoral y el hábil manejo de una cámara testigo logran una combinación muy efectiva entre realismo y carga emotiva.
A través de esta postura estética, Mujeres de la noche evita la denuncia panfletaria (el único discurso o reflexión “teórica” aparece hacia el final del film, en boca de Fusako), o el melodrama psicológico y sus frecuentes golpes bajos. Quizás por eso, el paso del tiempo no la haya corrompido y, en cambio, como sucede con los buenos vinos, ahora sus virtudes se vuelven todavía más apreciables.