
País: Estados Unidos
Año: 1988
Título internacional: The last temptation of Christ
Guión: Paul Schrader, basado en la novela homónima de Nikos Kazantzakis.
Dirección: Martin Scorcese
Actores: Willem Dafoe, Harvey Keitel, Paul Greco, Steve Shill, Verna Bloom, Barbara Hershey, Roberts Blossom, Barry Miller, Gary Basaraba, Irvin Kershner, Victor Argo, Michael Been, Paul Herman, John Lurie, Leo Burmester.

Nunca termino de entender porqué la Iglesia se escandaliza ante las versiones de un Cristo menos divino y más humano, que cuestiona y se rebela contra su destino pero que lo cumple igual, en nombre de Dios o de la propia humanidad. ¿Acaso no es más digno de respeto, de admiración, de gratitud ese hijo de carpintero dispuesto a aceptar su mandato después de enfrentar miedos, dudas, equivocaciones, que un Jesús seguro de su condición supranatural, impoluto, inquebrantable? ¿Por qué tanto enojo contra José Saramago por El Evangelio según Jesucristo, contra Nikos Kazantzakis por La última tentación de Cristo y contra Tim Rice por Jesus Christ Superstar? ¿Los basamentos del cristianismo son tan endebles que, para erradicar cualquier amenaza, sus representantes no tienen otro remedio que exigir la censura o directamente la prohibición de estas obras?

Por suerte, amén de la condena y la presión eclesiástica, existen cineastas que osaron llevar a la pantalla grande a estos Cristos más creíbles, y con mucho más valor. Así, tenemos a Norman Jewison que en 1973 presentó el controvertido musical compuesto por Rice, y a Martin Scorcese que en 1988 se atrevió con la polémica novela de Kazantzakis (para completar el panorama, sería interesante que alguien se animara con el título de Saramago).
En el caso del director de Taxi driver, El rey de la comedia y El aviador, su interpretación del libro del escritor griego se concentra justamente en la parte más “carnal” de Cristo (excelente, Willem Dafoe): en sus imperfecciones, en sus vulnerabilidades, en su dificultad a la hora de entender y acatar los designios de Dios padre. Y tal vez lo más interesante del guión -incluso más que esa última tentación a la que se hace referencia desde el título- es la caracterización de Judas (igualmente excelente, Harvey Keitel).
Es más, La última tentación de Cristo vale por el diálogo entre Jesús y su discípulo, por esa discusión acerca de quién es el que verdaderamente se sacrifica y quién, el que traiciona. Asimismo, en esta adaptación poco convencional de los Santos Evangelios, el desenlace es otro punto a destacar, no sólo debido a la tremenda sorpresa que genera, sino porque desata un sinfín de preguntas de corte teológico y filosófico.

Quizás en estos puntos se encuentre la irreverencia que la Iglesia pretende combatir. En definitiva, ya lo sabemos: si las autoridades cristianas no toleran ningún desvío respecto de la “historia oficial”, es entendible que rechacen la ironía de un Jesús dedicado a la construcción de cruces encargadas por el ejército romano. Con ese mismo criterio, cómo no van a rasgarse las vestiduras ante la posibilidad de que el hijo de Dios ame a María Magdalena, y quiera sexo y una familia con ella.

De hecho, la indignación es tal que les impide ver la “concesión” de Kazantzakis/Scorcese en cuanto a que todos esos sueños mundanos obedecen a una confusión, a una tentación. En definitiva, y a pesar de todo, nuestro Salvador acaba muriendo por nosotros, conforme al rito.
Decididamente, la Semana Santa es un buen contexto para ver (o volver a ver) La última tentación de Cristo. Se trata de una propuesta rica en interpretaciones, y también interesante desde lo cinematográfico. También es -porqué no- una ejercicio de fe, distinto del pregonado por la Iglesia, pero tan válido y constructivo como toda reflexión seria, comprometida y, sobre todo, respetuosa.