
País: Francia, Bélgica, Canadá, Reino Unido
Año: 2003
Título internacional: The triplets of Belleville
Guión y dirección: Sylvain Chomet
Actores: Béatrice Bonifassi, Lina Boudreault, Michelle Caucheteux, Jean-Claude Donda, Mari-Lou Gauthier, Charles Linton, Michel Robin, Monica Viegas.
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A algunos les causó rechazo, y a otros les encantó. Es que Las trillizas de Belleville, estrenada en 2004 en las salas porteñas y editada hace poco en DVD/video, provoca de todo menos indiferencia. En su balance cinematográfico de fin de año, Celuloide le asignó el oro de la categoría “Animación”. Hoy, le dedica esta tardía pero merecida reseña.

Ante todo, dos datos que merecen ser destacados. El primero: ésta es la opera prima del francés Sylvain Chomet (me pregunto qué hará en el futuro, una vez forjada cierta trayectoria). El segundo: para llevar sus inigualables dibujos a la pantalla grande, el historietista e ilustrador de 41 años eligió prescindir del diseño por computadora. En suma, su acercamiento al cine es “virgen”, tanto desde su experiencia profesional como desde lo artesanal de su trabajo.
Tal vez en esta “virginidad” se basa la originalidad estética y argumentativa de Las trillizas de Belleville. Alguien podrá alegar que los trazos y los colores de Chomet imitan a los de las viejas tiras animadas como Betty Boop, y que el personaje principal Champion -un voluntarioso e incansable ciclista- tiene algo del cómico francés Jacques Tati cuando era joven.

Es muy cierto, pero de algún modo esta coproducción se las ingenia para evitar la copia burda. Por eso, en todo caso, prefiero decir que el largometraje “recrea” cierto arte y determinado humor.

Sin dudas, el humor de Las trillizas de Belleville es difícil de clasificar. Por momentos, es simple e ingenuo (como la repetición del ladrido del perro Bruno ante el paso del tren, o la desviación permanente del ojito de Madame Souza, la abuela del mencionado ciclista) y, por otros, resulta mordaz y hasta escatológico (impresiona cuando, por ejemplo, las trillizas fagocitan a los pobres sapos). Dada esta ambivalencia, muchos sostienen que estos dibujos no son aptos para niños, sentencia que no comparto (¿los chicos están acostumbrados a ver tantas cosas de mal gusto, y justo hay que privarlos de un film a veces crudo pero tan inteligente como creativo?).

Además de la estética y del guión, otro hallazgo de esta película es la banda sonora. Para empezar, el tema central -Belleville rendez-vous- es extraordinario. Por otra parte, como el film es prácticamente mudo, uno aprecia aún más los efectos de audio -voces, golpes de pies y manos, ruidos varios- y la combinación de ritmos de jazz con un poco de música clásica y una melodía cantada en portugués.
Las trillizas de Belleville es uno de esos títulos que -gusten o no- resultan difícilmente olvidables. Por lo pronto, mal o bien, sacude al espectador, y de paso lo obliga a conocer -y en el mejor de los casos a apreciar- algo muy diferente de las imponentes animaciones hollywoodenses. De lejos, se trata de una opción súmamente recomendable para alquilar este u otro fin de semana.