Sobre el cine y su erotismo

Erotismo y buen cine, de la mano

Leo hoy en el diario Página/12 la contratapa escrita por José Pablo Feinmann, cuyo primer párrafo rescato y transcribo a continuación.

“Se sabe que el erotismo sugiere. Que, al sugerir, seduce. Que, al seducir, embriaga, juega con los sentidos por medio de la imaginación. Que nos deja librados a nuestra libertad. Que, en fin, nosotros, desde nuestro deseo, deberemos completar la imagen. La pornografía no sugiere ni seduce ni embriaga. La pornografía es directa, es brutal, abomina de la imaginación porque abomina y desdeña al receptor. No le concede la libertad de la imaginación, el juego de la fantasía. No le concede nada a su propia creatividad. No hay creatividad. Sólo hay explicitez, visibilidad infinita, o sea, obscenidad. Obsceno es lo que exhibe todo. El erotismo estructura artísticamente al sexo. La pornografía lo exhibe con tosquedad, con un pretendido realismo que sólo es ausencia de estética, negación del goce, reclamo brutal de lo primitivo, de la fiesta áspera y hormonal de lo primario”.

Cuando leí esta comparación entre pornografía y erotismo, pensé inmediatamente en términos cinematográficos y en lo que, al menos a mi entender, diferencia a las buenas películas de las malas. De hecho, retomando las palabras de Feinmann, podemos decir que el buen cine sugiere, seduce, embriaga, juega con nuestos sentidos y nuestra imaginación, que nos deja librados a nuestra libertad, y que nosotros, desde nuestro deseo, debemos completar las imágenes proyectadas en pantalla.

En definitiva, el buen cine es erotismo. En cambio, lo abusivamente explícito, lo burdo, lo mecánico, lo reiterativo es pura pornografía.

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