El niño

País: Bélgica, Francia
Año: 2005
Título internacional: L’ enfant
Guión: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
Director: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
Actores: Jérémie Renier, Déborah François, Jérémie Segard, Fabrizio Rongione, Olivier Gourmet, Stéphane Bissot, Mireille Bailly, Anne Gerard, Bernard Marbaix, Frédéric Bodson, Leon Michaux, Samuel De Ryck, Hachemi Haddad, Olindo Bolzan, Sophie Leboutte.
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Una vez más la incertidumbre. Hace unos días cuando salí de ver Escondido lo hice con la certeza de lo incierto. No me importaba el desenlace en sí, pesaban mucho más otras conclusiones. Algo me impidió tomar la misma actitud con El niño.
Mi proyección fue limitada, pude imaginarme situaciones, pude entender ciertas (in)decisiones pero no pude efectivamente asistir al panorama a través de los ojos de los protagonistas. Quizás sean prejuicios solapados los que no me dejaron ver más allá y permitirme ver las cosas como son.
En el caso de Bruno (el protagonista casi absoluto) me sentí obligada a determinar si la desaprensión, el desinterés, la irresponsabilidad que muestra, sólo nacen de su inmadurez o si hay cierta dosis de hijoputez detrás. De la indignación que sentí en varios tramos de la película pasé al descreímiento y después al reconocimiento de lo que creo puede ser la raíz de la historia: la anestesia ante cada acción, propia o ajena.
¿En qué punto exacto deja de ser inmadurez e inconciencia para pasar a ser maldad e indiferencia? En donde sea que se reconozcan esos sentimientos. Reconocimiento que en El niño nunca llega porque no hay parámetros válidos contra los que Bruno pueda medirlos. Sólo basta con dar un vistazo a sus costumbres: vive en la calle, no tiene relación con su familia, la relación con su novia (Sonia) pasa de ser de pareja a amistosa e incluso por momentos maternal, todo su mundo se mide en dinero, que se gana robando (”trabajar es para los idiotas”) y esos billetes sólo le son útiles en función del día de hoy, nunca de mañana.
La carrera alrededor de los personajes por momentos se hace algo tortuosa y uno no para de reacomodarse en la silla. Ya es sabido que a nuestros protagonistas las cosas les serán cada vez más difíciles y el final será terrible pero eso no relaja en absoluto.
Los hermanos Dardenne tienen esa facilidad de ponernos incómodos con muy poco, con la fragilidad de ese bebé que va y viene en distintos brazos, con la humedad del suelo, con los pasillos oscuros y diminutos, con el ringtone del teléfono celular. De por sí, la historia no es reveladora, es casi un chisme: Bruno y Sonia fueron papás ¡A esa edad! Lo revelador es la forma de contarla, con la cámara omnipresente, casi un documental.
Y justamente, según este “documental”, la sociedad parece funcionar como un mero esquema de consumo, como una vorágine de lo inmediato, del producto, que desmerece cualquier tipo de relación o compromiso.
Todo da lo mismo, incluso tener un hijo o venderlo.